El yo saturado y subalimentado
¿Si nada es verdad y todo se vale, no sería perfectamente paradójico afirmar este postulado como una verdad? Actualmente la misma cultura nos ha mostrado la imposibilidad de afirmar algo como absoluto, lo cual sería un paraíso filosófico donde después de 2300 años, desde que inicialmente fue postulada esta noción de mundo, finalmente hay cabida para múltiples verdades así se contradigan entre si. Esto por cierto, convierte las bases bajo las cuales la construcción cultural occidental entera se ha edificado, y la educación que ha recibido por siglos, se han convertido en ambiguas y fluidas estructuras no estructurales.
Nada es cierto o distinto del otro, nuestra taxonomización del mundo probó estar equivocada tanto en sus clasificaciones como en su método mismo. ¿Cuantos mitos modernos y aun más antiguos, no se desboronaron y cuan fuerte no es la lucha para mantenerlos vigentes? ¿Si esos límites y mitos dejaron de existir es necesario seguir apostándole a sus postulados? Y digo apostarles, porque es ir a ciegas, y llenos de incertidumbre, pero basándonos en la intuición, o sentido de aventura, ¿acaso hay algo que perder o ganar cuando se apuesta a los actos de fe?
¿Vale la pena seguir creyendo en el arte? ¿O siquiera que este alguna vez existió? Sobre todo aun después de haber desenmascarado y estar conciente de que su construcción, mecanismos de legitimación, e instituciones son perfectamente antiartísticas respecto a la noción que comparto con algunas personas de arte. Cabe pensar que mi noción de arte no es la única ni la legitima, ya que ni siquiera existe una legitima. Partiendo del postulado en el que las palabras pertenecen a quienes las usan, la concepción de sección final de noticiero del arte, es tan valida como la que dicta en las academias. ¿Entonces es realmente decisión mía seguir apostándole al arte, si mi apuesta la baso en las construcciones culturales y mi contexto personal?
Lo mismo podríamos decir de la noción del yo. ¿Vale la pena seguir jugándonosla con la construcción de un yo, como unidad que me separa y me diferencia del otro? Aun después de darnos cuenta, que todo aquello que conforma es yo, es el producto de construcciones culturales que en ninguna medida dependen, o siquiera, son escogencia de eso que intenta definirse mediante ellas como un yo individual. Si todo aquello que lo conforma es inerte a él, no es posible pensar un yo como un algo pensante con cierta libertad de escogencia y voluntad propia. Podríamos pensamos el yo como un sistema unitario de la interacción eléctrica y química estimulado por factores externos específicos en pro de la autoconservación, ¿en ese caso se puede considerar como una unidad autónoma? Sí se asumiesen posturas donde la voluntad de afirmar y complacer ese yo, se superpone a la necesidad de autopreservación, el atentarse contra si mismo podría considerarse toda una posición política ante la situación postmoderna. Aunque esta haya dictado dichas practicas de manera muy particular.
La autocomplacencia insaciable de los deseos, se puede igualmente considerar no solo como una práctica eminentemente postmoderna, sino como una postura de la afirmación del yo. Aun cuando estos deseos no biológicos, es decir basados no basado en la química y la electricidad, como sería por ejemplo el deseo de verse bien, de ser deseado, son inducciones de la construcción social, no dejan de operar en función de un yo. Que las intenciones y consecuencias de esa complacencia de un supuesto yo, tengan todo un discurso de poder y de estereotipos de fondo, no cambia el hecho de que su efectividad radica en la complacencia del deseo individual, por lo cual habría que reconocer la existencia de ese individuo. El operar en función de los deseos individuales, y no de la supervivencia biológica, o de estructuras más complejas, como la comunidad o las instituciones, al punto de “starv your self skinny” que sería la función metabólica primordial que sigue a la respiración y circulación sanguínea, para complacer un deseo como el verse bien, desearse e igualmente ser deseado, es llevar la idea de individuo del modernismo al postmodernismo. Que el acceso al estereotipo o la construcción del mismo no sea en ningún momento una decisión del yo, o que el escoger este y no el de la obesidad extrema para complacer el deseo de saborear, no sea una decisión del individuo sino un dictamen contextual, no niega que el yo sea una verdad. Se debe reformar lo que se entiende por este y derivar una nueva perspectiva al respecto.
Si existe el arte no como un mito moderno en función del comercio, de egos individuales, de la legitimación de ciertas clases sociales por encima de otras, como adorno a prácticas decorativas y como legitimación cuasi-intelectual del discurso que memoriza la modelo al final del noticiero, no soy nadie para afirmar qué no es legítimo que sea así o no. Estas prácticas existen a pesar de mi concepción del arte, incluso si son contradictorias.
Al mismo tiempo no puedo afirmar que existe o no un yo como unidad, que hay algo que opera para la autocomplacencia de sus deseos, pero que esos deseos son todo menos suyos, no niega ni afirma la existencia de esa operación como unidad individual. Ambas son verdad, y tienen cabida en este mundo así sean contradictorias. Lo cual no es sino otra manera de decir que ninguna lo es.
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