Saturday, March 31, 2007

El disfrute contemporáneo: consumo de efectos.

La creciente mega cultura o globalización, ha consolidado su difusión desde los medios de comunicación masivos, los cuales transmiten simultáneamente a millones de personas en lugares tanto centrales como periféricos. Estas transmisiones han contribuido, en muchos aspectos a la homogenización de las culturas, comenzando por su absorción dentro del mundo capitalista, dentro del consumo de entretenimiento y la simulación como forma de realidad, entre otras. Principalmente nos interesan esas tres, ya que a medida que estas costumbres van asimilándose dentro de la cultura, nos encontramos con la sustitución por parte de la actitud kitsch al goce, tanto estético como puro, básicamente porque el kitsch es una forma de simulación.

Kitsch

Pero comencemos por explicar un poco el termino kitsch, que a primera vista es comprendido como una propiedad formal de los objetos, es decir un adjetivo que se le aplica a objetos y productos con pretensiones artísticas o que buscan parecer artísticos. Pero los objetos y productos no contienen este tipo de propiedades, es decir, no hay objetos con buen o mal gusto, pues son las personas las que cargan de significados a los objetos o cosas. Bajo este postulado no hay objetos o productos kitsch, sino goce kitsch o formas de uso kitsch, incluso podríamos hablar de actitudes kitsch.

Distintos autores utilizan el termino kitsch de manera muy despectiva comenzando por Clement Greenberg quien habla desde una elite, la cual ante la celebración que hace el arte de la cultura masiva con el arte pop, busca distinguirse o diferenciarse, para conservar su estatus de elite intelectual, a pesar de una creciente alfabetización del espectador y accesibilidad que ha tomado el arte. Por ello plantea el kitsch como una especie de querer ser arte, ya que no imita los procesos del arte sino sus efectos[1], esto inmediatamente nos recuerda la forma en la que opera la simulación. Ya que su “única función es la de adosar la etiqueta de producto artístico”[2], de ahí que se le considere una falsedad estética, pues el espectador sólo está en busca de los efectos, es decir del goce, no del proceso o experiencia que lleva a él, así que fácilmente se contenta con un goce kitsch en vez de uno estético o puro.¿Es posible que en una cultura como la nuestra, aún podamos creer que este tipo de goces existen?

La imposibilidad de otros goces

Según lo plantea Ludwig Giez[3] el goce tiene dos extremos el goce puro y el goce estético, este último es activado mediante las expresiones artísticas, pero obedece más al orden de la contemplación, ya que no necesita consumir el objeto que lo detona; mientras el goce pleno necesita consumir aquello que activa esa sensación. El disfrute kitsch estaría oscilando entre estos dos extremos.

¿En qué casos no se necesita consumir aquello que produce el goce? En un primer momento se creería que los goces estimulados por objetos de creación artística, pues invitan a la contemplación, como sería el caso de una pintura. Pero las pinturas se pueden consumir y volver un espectáculo, por ejemplo: pagar la entrada a un museo como el Lourve es igualmente mover un valor de consumo, ya que es una actividad consumista de turismo masivo. Miles de personas pagan treinta euros, para entrar a un recinto en donde se promete que todos los objetos contenidos son arte de la máxima calidad. Por la cantidad y el tamaño del lugar está claramente adaptado para ser de consumo masivo, pues se satura la visita del espectador con millones de imágenes sumamente complejas, y ante el corto tiempo que tienen los visitantes para recorrer el museo, sus miradas muchas veces se ve distraída por la costumbre de tomar fotos o registros para recordar desde casa, con detenimiento lo que se debió haber visto. Todo el dispositivo museístico está diseñado para saturar la visión del espectador y que este no alcance ni a recorrer la totalidad del museo, ni a detenerse mucho tiempo ante alguna pieza. Esto garantiza no sólo su regreso, sino la sensación de que algo le quedó faltando a su recorrido y decida visitar la tienda del museo para comprar un catálogo o algún producto.

La tienda de regalos que parece ser otro gran museo, es la consolidación del acto kitsch de consumo del arte, ya que ofrece cualquier cantidad de productos con imágenes de las más famosas obras contenidas en el “Carrefur” de la historia del arte occidental. Estos modelos no son simplemente masivos, sino que verdaderamente despojan de contenido a cualquier objeto, sólo para consumir su fama y convertir la contemplación, en un espectáculo de la visión directa de imaginarios colectivos. Es la tradición al servicio del consumo masivo, y nuestra “culta” visita al museo es uno de los espectáculos kitsch más representativos.

Vale la pena preguntarse, ¿si es posible consumir una imagen que fue creada para ser sublime? Las imágenes en si no se consumen, es la tolerancia del espectador la que queda saturada y agotada, el goce estético se va anestesiando hasta que no siente nada. De allí que mediáticamente las imágenes sean tan efímeras, es un proceso de saturación, no de consumo como tal. Esto es lo que realmente diferencia el goce estético del puro, pero cuando el goce estético está establecido sobre un imaginario colectivo de creación comercial, o como diría Noel Carroll una ideología[4], esté es un acto de autoengaño o de hedonismo autoprovocado, no es la imagen la que genera el goce sino la legenda detrás, convirtiéndose en un goce puramente Kitsch, avalado por dispositivos de contexto, como lo es el poder de legitimación del museo y la fama que genera la reproducción y divulgación.

¿Cuál sería la diferencia entre ir al Lourve y comprar una pintura? Para el turista la única diferencia es el nivel de posesión del objeto, ya que mientras en el museo se observa detrás de un cordón de terciopelo, (en el caso de la Monalisa cuatro metros de turistas japoneses y 8 centímetros de vidrio blindado), el poseer una pintura permite observarla a cualquier distancia a cualquier hora, durante tiempos indefinidos, muy posiblemente detenerse a contemplarla. Pero el principio de consumo es el mismo, se paga para poder ver algo ante lo cual estamos predispuestos a gozar, esta predisposición es dictada por la ideología, que entre otras cosas dicta el valor monetario sobre esa pintura o entrada al museo. Conciente o inconscientemente este valor aumenta o disminuye la expectativa y la predisposición. Nuestra sociedad está planteada en su mayoría en estos términos. El consumismo no es una operación nueva y está bien arraigada culturalmente, incluso algo tan instintivo como lo sería el sexo, es toda una industria de consumo, ya sea mediante la pornografía, prostitución o mediante los manejos que hace la publicidad del sexo para promover ciertos productos. Todo esto mediante el comercio de la imagen, que inmediatamente sustituye un goce puro, por uno que es posible sólo mediante el consumo mediático, es decir, no es estético pues viene cargado de imaginarios, pero no consume el producto que desencadena el goce.

Desde nuestro contexto, no es posible pensar en productos sobre los cuales no nos proyectemos, o cuya contemplación nos genere goces que no contengan operaciones ideológicas o mediaciones. Nosotros no fabricamos objetos: los adquirimos. Estos vienen cargados con imaginarios prediseñados y estereotipos al servicio de todo tipo de propósitos. Incluso comerse una hamburguesa en McDonalds o en El Corral no es sólo comerse una hamburguesa, tampoco habría un goce puro allí, estas vienen cargadas con una serie de imaginarios y de imágenes que nos llevan a comprar justo esa hamburguesa y no la de un restaurante desconocido.

La ideología del estereotipo

Este consumo de productos ideológicamente cargados, es la forma más común en la que nos relacionamos con nuestro entorno capitalista. Incluso algo tan aparentemente inmaterial como la música, es también un objeto de consumo cargado de ideologías. Desde la aparición de medios de reproducción como el acetato, el CD y el archivo de MP3, que no es físicamente tangible pero su posibilidad de almacenamiento lo vuelve producto de posesión y de intercambio comercial o pirateo, el gusto musical socialmente proyecta uno de los estereotipos más fuertes, sobre todo en la gente joven. Canales como MTV dictan a miles de personas como verse y actuar basándose en algo tan aparentemente subjetivo como el gusto por la música. Pero está ya no genera goces estéticos en las personas, sino de tipo Kitsch, ya que no es la música la que gozan sino el estereotipo completo y el poder proyectarse a los demás a través de él. El estereotipo evita tener que pensar, para adherirse a una ideología y no a otra, junto con el estilo de vida que acompaña esta decisión.

Este estereotipo no viene sólo con una forma de vestir o actuar, sino con toda una lista de productos para consumir. De hecho los estereotipos vuelven perfectamente predecible el mercado, ya que las personas están condicionadas a comprar cierto tipo de productos, a tener cierto tipo de necesidades, y sus respectivas actitudes Kitsch.

Entretenimiento y kitsch

El kitsch al omitir el difícil proceso de decodificación del arte, pero generando en el espectador los mismos efectos, no requiere de esfuerzos intelectuales, es decir un espectador programado en modalidad kitsch, tiende al autoengaño para satisfacer su pereza mental. Esta disposición al autoengaño Theodor W. Adorno la señala como: producto de una vida de explotación que busca alejarse de del aburrimiento y del esfuerzo simultáneamente, encontrando esta salida en el entretenimiento y sus leguajes predigeridos. Este consumo de entretenimiento por necesidad, o más bien de goce a través de lo mediático, es claramente una aceptación de simulación de goces. No estoy diciendo que el goce de la simulación sea falso, ya que el espectador está gozando, pero en el método es donde está la falsedad. Un espectador de telenovela llora ante el drama ajeno, pero no deja de serle ajeno, sobretodo cuando apaga el televisor y se finaliza el proceso de simulación y de tristeza.

Bajo esto es posible plantear el kitsch como aquellas actitudes frente a los contenidos, o mejor dicho falta de, que se generan en la cultura del entretenimiento, donde un público predispuesto no debe realizar ningún esfuerzo por comprender o gozar aquello que se diseña para su deleite, ya que el único fin es deleitar. Es un juego donde el espectador a cambio de la complacencia de sus gustos estereotípicamente impuestos, contribuye a las cifras de sintonía, es la falsa idea de democracia que proyecta la televisión.

Simulación como principio de realidad

Pero cuando esta pereza mental o búsqueda de complacencia comienza a operar en contextos distintos al del entretenimiento, como por ejemplo el contexto del arte, y este -a nivel general- es visto como otra forma de entretenimiento, nos encontramos con un espectador completamente sumergido dentro del modelo de la simulación.

La cultura mediática opera desde la representación del mundo –en teoría- real, pero cuando la mediatización llega a tal punto que el mundo se conoce es a través de ella, está forma de representación se convierte en la forma de abordar el mundo mismo, en palabras de Jean Baudrillard imitaciones que llegan con el tiempo a confundirse con el original[5], y generaciones enteras están creciendo bajo estos modelos, de suplantación.

La suplantación no es lo mismo que un simulacro, pues no es un juego donde ambas partes están consientes de la falsificación, sino que el juego ha llegado a ser tan habitual que la ficción se asume por verdadera. De allí la diferencia entre simulación y simulacro pues el segundo es un juego, mientras que en la simulación el espectador ignora la ficción y está destruye el referente convirtiéndose en la realidad o hiperrealidad. Lo que ha facilitado la creencia en ideologías, cada vez más retorcidas, o epistemológicamente más distorsionadas.

Pero ¿si el entretenimiento implica un autoengaño, este no es simulación sino simulacro, ya que ambas partes estarían de acuerdo? Hay que aclarar que el espectador habitual de la cultura de entretenimiento, ante la saturación y el ahorro temporal que implica el goce kitsch, ha olvidado como gozar de otra forma y entre más joven es el espectador más sumergido está en la cultura de los video juegos y la televisión. No entiende de goces sin consumo mediático, ya no hay un juego en el entretenimiento sino un anestésiamiento, un imposibilitar del espectador para asegurarse un público o mercado permanente, es la explotación del consumidor a través de su vicio.

La suplantación del goce por la simulación, es decir el goce kitsch

Desde una sociedad mediática, donde la simulación es el principio de realidad más influyente, el goce no se escapa a esta nueva forma de percepción. En el caso del entretenimiento masivo generado desde la tecnología de reproducción y difusión, los goces al provenir de simulaciones como lo son las telenovelas o los videos musicales, generan efectos más no experiencias. El goce en estos casos es una simulación, o al menos es el producto de tal, lo cual lo pone muy cerca de lo que entendemos como el problema del disfrute kitsch. Si tenemos en cuenta la operación del kitsch de pretender ser lo que no es, mediante la obtención de sus efectos, gracias a convenciones tradicionalmente aceptadas, se iguala a la simulación, que finge tener lo que no tiene pero ostenta verdaderos síntomas [6] de aquello que suplanta, entonces estos se podrían considerar sinónimos, o dicho de otro modo, debemos considerar el kitsch como la forma de goce que es posible ante la simulación, por ende ante la actual construcción del mundo y como la forma de goce que es posible desde el ser estereotipado.

Partiendo de este planteamiento y pensando el kitsch como una consecuencia contextual, posibilitada por la cultura de masas y la tecnología, nada nos impide pensar que somos personas kitsch. Ya que muchos hemos sido criados por los medios y entendemos la realidad a partir de los modelos culturales que estos manejan. Pero esto no debe ser mal visto, es un fenómeno que nos rodea el cual debemos aceptar, no para seguir alimentándolo, sino para poder ejercer resistencia (arte) desde el interior del sistema, desde la simulación misma y el control estereotípico. Si abiertamente somos personas kitsch, podemos operar desde las actitudes kitsch que sólo buscan efectos e implantarles contenidos, no con el fin de volver a los goces estéticos o puros, sino para generar cortos cirquitos dentro de sistemas regulados como lo son el entretenimiento o el consumo de productos, ideologías y estereotipos, de este modo abrir el espectro de posibilidades, y dejar de adherirnos a la masa de lo predeterminado.




[1] Clemet Greenberg, Vanguardia y Kitsch, 1939, editorial Gustavo Gill, S.A.

[2] Calinescu , Cinco caras de la modernidad.

[3] Ludwig Giesz, Fenomenología del Kitsch

[4] Noel Carroll, Una filosofía del arte de Masas.

[5] Jean Baudrillard La presesión de los simulacros, editorial Kairos, 1987

[6] Jean Baudrillard La presesión de los simulacros, editorial Kairos, 1987

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